Fuerzas elementales
2024
Acrílico, lápiz y carbón sobre tela
210 x 150 cm

Burn
2025
Acrílico y carbón sobre tela
150 x 120 cm

Fénix
2024
Acrílico y carbón sobre tela
Díptico 200 x 300 cm (200 x 150 cm c/u)

Aura
2024
Acrílico, lápiz y carbón sobre tela
150 x 136 cm

Demasiado sensible
2024
Acrílico sobre tela
191 x 151 cm

Electricidad
2025
Técnica mixta sobre tela
180 x 140 cm

Donde crece lo salvaje
2024
Acrílico sobre tela
200 x 155 cm

El triunfo de las semillas
2025
Acrílico sobre tela
200 x 155 cm

Phoenix
2025
Acrílico sobre tela
155 x 200 cm

Epifanía I
2025
Acrílico sobre tela
100 x 100 cm

Epifanía II
2025
Acrílico sobre tela
100 x 100 cm

Epifanía III
2025
Acrílico sobre tela
100 x 100 cm

Fénix I
2025
Acrílico sobre madera
30 x 18 cm

Fénix II
2025
Acrílico sobre madera
20 x 15 cm

Fénix III
2025
Acrílico sobre madera
20 x 15 cm

Fénix IV
2025
Acrílico sobre madera
30 x 18 cm

Fénix V
2025
Acrílico sobre madera
20 x 15 cm

Fénix VI
2025
Acrílico sobre madera
38 x 18 cm

Fénix VII
2025
Acrílico sobre madera
20 x 15 cm

Fénix VIII
2025
Acrílico sobre madera
20 x 15 cm

Fénix IX
2025
Acrílico sobre madera
15 x 10 cm

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Fénix

| 2025

Uno de los símbolos más ubicuos sobre la resurrección y la renovación es el ave fénix. Con variaciones, casi todos los tratadistas del clasicismo grecolatino lo describen en sus escritos como un pájaro de gran tamaño que muere en el fuego y renace de sus cenizas. Los autores precisan que su lugar de origen está en el mundo árabe, según algunos en Fenicia, famosa por su púrpura de Tiro, tinta de color rojo intenso muy valorada en la Antigüedad. Entre los eruditos que hablan del ave fénix está Heródoto, el padre de la Historia, quien sin embargo señala «no haberlo visto más que en pinturas».

Con su obra reciente, María José Romero propone, como Heródoto, ver en sus pinturas una versión personalísima del fénix, pues encarnan su renacimiento personal, una apuesta por la transformación y la superación como proyecto vital, y una forma de reavivarse desde la resiliencia, tanto a nivel profesional como íntimo. 

Se ha dicho con anterioridad –y la propia artista lo ha señalado– que su obra responde a procesos interiores, «catárticos», como los ha denominado Romero. Su pintura materializa impulsos y acciones que tienen, claro está, correspondencia con situaciones de la vida, pero que no responden a un pensamiento racional o lógico. De tal manera que esta pintora aborda sus piezas como una especie de ritual, una danza sin coreografía programada donde la gestualidad del cuerpo y la mano se transforman en trazos contundentes y expresivos que abarcan toda la superficie del cuadro, en un intento por expandir el impulso creativo hasta los límites de su fuerza física y de la obra misma.

Paralelamente a esta exploración de su naturaleza «interior», María José Romero ha mantenido un interés en otra naturaleza, llamémosla «vegetal». Existen sin duda paralelismos entre ambas, que vale la pena señalar y que esta exposición muestra de manera muy elocuente. Para comprender mejor la obra reciente de esta artista, es importante leer sus títulos en relación con lo que vemos en los cuadros; de esta forma, se entiende el sentido de esta exposición y su título: Fénix.

Estas pinturas suponen una apuesta por renovar, como personifica el ave mítica, no solo el lenguaje artístico de María José Romero sino su propio rumbo vital. Podría decirse que ambas metamorfosis, ambos renacimientos, están íntimamente asociados. A diferencia de su obra anterior donde prevalecían el gesto y el impulso gráfico, en estas nuevas piezas la pintura como lenguaje y materia gana protagonismo y, del mismo modo, surgen otros colores que con renovados motivos vegetales y corporales inundan las telas.

La exposición revela este tránsito vital y formal al entenderse como un recorrido hacia esa transformación. Al díptico Fénix y al de Fuerzas Elementales, corona de la escalera-anfiteatro de este espacio, se suma Quemar para generar una conversación interesante pues la economía del color es evidente en las pinturas y pueden percibirse como explosiones: en la primera, la simétrica arborescencia en blancos, grises y negros que brota del eje vertical entre las dos partes de la obra, adelantan una perspectiva simbólica de la naturaleza como germen y renacimiento; la segunda supone un ejercicio catártico basado en el fuego que, como suele decirse, todo lo purifica y, como el ave fénix, nuevas energías renacerán de sus cenizas.

El resto de las obras encarnan el vuelo que María José Romero emprendió. Con total libertad en el uso del color, la alegría de los tonos rosas y carmesí de los fondos de este conjunto pictórico (cercanos al púrpura de Tiro de Fenicia: de donde se supone era originaria el ave fénix), se abren a una naturaleza exuberante y muy viva, llena de guiños al cuerpo, en algunos casos no exentos de humor –algo que presenciamos en Fénix II. Pinturas donde fluye una naturaleza alegre, fértil, naciente, como ocurre en varias obras de la exposición, desde unos motivos gráficos que recuerdan las formas seminales de su serie de dibujos Semillas de 2016, pero que sin duda alguna también remiten al sexo femenino, origen de la vida. La artista les confiere a estos temas una condición muy vivaz, una cierta joie de vivire [alegría de vivir], como ocurre en las telas El triunfo de las semillas y Donde crece lo salvaje, con su propuesta de dimensión gozosa y festiva para la mirada. 

Finalmente, Fénix de María José Romero, supone una maniobra personal para la renovación y la conclusión de una etapa vital a través de una transformación, como el ave misma. Este nuevo cuerpo es la materialización estética de su evolución. Como bien señala la propia artista: “la reinvención es el lenguaje de la resiliencia”. 

Carlos E. Palacios

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